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Miguel Platón: Melilla ante el S.XXI

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Miguel Platón ha sido director de Información de la agencia Efe y formó parte del equipo fundacional de “Época”, semanario que dirige en la actualidad.

Con anterioridad fue redactor de la agencia Europa Press y la revista Opinión. También ha sido guionista de TVE, contertulio en diversos programas radiofónicos y director de Comunicación del Ministro para las Regiones y de la Universidad Complutense de Madrid.

Además de trabajar como periodista, ha publicado una decena de libros sobre historia contemporánea, entre ellos, una biografía de Manuel Fraga, “Esperanza en el infierno de Ruanda”, “La tentación separatista”, “El fracaso de la utopía”, “Alfonso XIII: de Primo de Rivera a Franco” y “Hablan los militares”.

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MELILLA ANTE EL SIGLO XXI

Por Miguel Platón

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Antes que nada me gustaría agradecer a la Asociación de Estudiantes Universitarios que me hayan invitado a participar en este ciclo de conferencias. No sólo porque me permite volver a la ciudad en que nací y viví mis primeros años, sino también porque tuve que salir de ella, precisamente, para seguir mis estudios en una Universidad de la península.

Pertenezco a una generación que no disponía en Melilla de ningún centro de enseñanza superior, lo que nos obligaba con apenas 17 años a dejar la familia y pasar la mayor parte del año lejos de casa. Pero sería insensato que me quejase, porque cuando me tocó a mí, hace ahora cuarenta años, la renta de los españoles había subido y eran ya muchas las familias que podían financiar la estancia de sus hijos en Málaga, Granada, Sevilla, Madrid o, como fue mi caso, en Pamplona, donde por cierto fui el primer estudiante que llegó desde Melilla a cursar estudios en la por entonces recién creada Universidad de Navarra.

Para nuestros padres, en todo caso, representaba un esfuerzo considerable costear una enseñanza universitaria. Algunas familias se trasladaban a la península para que sus hijos pudieran estudiar una carrera. Otras, más humildes o con más hijos, no podían planteárselo, a menos que funcionase la solidaridad de algún familiar con residencia en alguna de las pocas ciudades que entonces tenían facultades o estuches técnicas superiores. Y antes de mi generación era mucho peor. Hace muy pocas semanas he conocido a un ilustre melillense, que en los años treinta no pudo ir a la Universidad porque no lo permitía el sueldo de su padre, comandante de Intendencia.

Hoy, desde hace varios años y mediante diversas fórmulas, ya es posible acceder a muchas carreras de enseñanza superior sin moverse de Melilla y esta posibilidad enlaza de forma directa con el tema que me han pedido que desarrolle, como es el de las oportunidades de esta querida ciudad nuestra en el siglo que acaba de empezar. Porque si la formación siempre ha sido crucial a la hora de fijar expectativas, lo es mucho más en el tiempo que vivimos y la tendencia va a ser, con toda probabilidad, creciente.

El punto de partida de lo que hoy quiero exponerles resulta obvio: Melilla no es una población aislada, sino vinculada a espacios superiores que determinan, y en muchos casos condicionan, sus oportunidades. Para analizar estas últimas resulta preciso, por tanto, seguir el mismo camino que Alicia en el cuento. Así pues, abriremos un primer paréntesis, llamado España, seguido de otra llamado Unión Europea, antes de culminar en el espacio Mundo y, desde allí, empezar a cerrar los paréntesis que terminarán devolviéndonos a Melilla, pero ya con el conocimiento adquirido sobre cuál es nuestra verdadera perspectiva.

Melilla, en efecto, es lo que es porque es España, porque forma parte de la Unión Europea y porque vive en un determinado tiempo histórico, en sintonía más o menos intensa con el resto del mundo.

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1.- EL MUNDO

¿Y cómo es el mundo en que actualmente vivimos? Desde hace algunos años se ha extendido la opinión de que el rasgo más característico del actual cambio de siglo, que lo es también de milenio, es un intenso proceso de globalización, que al cuestionar muchas de las pautas establecidas durante los decenios anteriores, introduce un factor creciente de inestabilidad, y por tanto de inseguridad.

Permítanme que les diga que no comparto la idea de que el actual proceso de globalización resulte tan determinante. Ni siquiera me parece lo más significativo de cuanto está pasando. Y sobre todo, no resulta ninguna novedad.

La globalización es tan antigua como el hombre, puesto que el ser humano es un ser social, que se agrupa por razones que tienen que ver tanto con los lazos de afecto como con su inseguridad y, en general, por la superior eficacia de la cooperación frente al aislamiento.

Los intercambios entre los seres humanos, tanto de productos como sobre todo de conocimientos, tienen milenios de antigüedad y son los que explican la sociedad actual. Innovaciones como la habilidad para encender el fuego, la rueda, la polea, la obtención de alimentos, la doma y el cuidado de los animales, los tejidos, la escritura, el cultivo y utilización del cereal, la orientación, la navegación a vela, la aritmética, la geometría, los conocimientos científicos, la arquitectura, el arte, los cuidados médicos, la filosofía, las religiones y hasta las guerras, fueron, en su momento, factores de globalización mucho más importantes que los actuales y que desde hace tiempo son compartidos por la generalidad de los habitantes del planeta.

En tiempos más modernos, la imprenta, la máquina de vapor, la pólvora, las vacunas, el ferrocarril, la electricidad, el teléfono, el motor de explosión, la radio, la aviación, la televisión o los ordenadores modificaron la vida de las personas con una intensidad difícilmente repetible. Los dos últimos fenómenos, la telefonía móvil y la red Internet, son en realidad perfeccionamientos de inventos muy anteriores.

¿Cuál es, entonces, el rasgo característico de los tiempos que vivimos? Desde mi punto de vista, la rápida generalización de lo que constituye la más importante aportación humana de la era histórica contemporánea, iniciada a finales del siglo XVIII en algunos lugares de Europa y Norteamérica. Suele denominarse a este periodo como el de la Revolución Industrial. A mí me parece que este término se queda corto y que en realidad debería hablarse de la Revolución de la riqueza, o de la Revolución de la prosperidad. Porque la nota significativa de esta etapa que dura ya más de dos siglos es la capacidad para mejorar de forma radical las condiciones de vida de la especie humana, así como de ampliar sus horizontes.

Merece la pena recordar cuál fue el origen de este proceso, en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII. Consistió en la abolición de los privilegios, tanto los que eran concesiones reales como los vinculados a los gremios, conocidos precisamente como las Viejas Leyes Españolas porque se inspiraban en nuestras antiguas instituciones artesanales.

Se estableció, en primer lugar, que cualquier persona podría beneficiarse de las innovaciones que su talento le permitiese desarrollar, lo que dio lugar a la creación del registro de patentes y la protección de los derechos de propiedad intelectual o técnica. Y al mismo tiempo, que el ejercicio de determinadas actividades no estaría limitado a un cerrado grupo de artesanos iniciados en oficios cuyo conocimiento se declaraba secreto. Sin ambas medidas no se hubiese perfeccionado en 1776 la máquina de vapor, ni estimulado el trabajo de los inventores, ni tampoco se hubieran establecido las fábricas.

En uno y otro caso, el principio establecido no fue otro que el de la libertad de acción humana, sin restricciones artificiales que le pusieran límites. Se trataba, por tanto, de un principio moral, el mismo que impregnó luego la Constitución de los Estados Unidos, los Derechos del Hombre de la Revolución francesa o nuestra Constitución de Cádiz de 1812. En buena medida era la culminación de un pensamiento ilustrado que abría la puerta a la felicidad efectiva del hombre, frente a los poderes absolutos de la época y también frente a un concepto teocrático de la religión.

La fuerza de ese principio moral ha resultado tan considerable que sus efectos expansivos se encuentran aún en pleno vigor. Esto ha sido posible por su flexibilidad, por su extraordinaria capacidad de adaptación para asimilar y resolver desafíos crecientes.

Durante el siglo XIX el efecto más importante de ese proceso, generador de riqueza en unas dimensiones desconocidas por la Humanidad, fue la Revolución Industrial. Los cambios fueron tan rápidos y radicales que desconcertaron a muchos, sobre todo a quienes difundieron explicaciones erróneas sobre lo que estaba sucediendo. Pero el proceso no había hecho más que empezar. A finales del XIX las visiones catastrofistas de profetas como Carlos Marx, quien pronosticó que cada vez sería necesario más capital para conseguir la misma producción, lo que abocaba a un empobrecimiento generalizado, fueron superadas por la aparición de nuevas tecnologías –de forma destacada la electricidad- y un nuevo concepto surgido en los Estados Unidos de la mano de Frederick Taylor: la posibilidad de aumentar de forma sensible la productividad de las actividades económicas, mediante la cooperación entre el capital y el trabajo, y en beneficio fundamentalmente de los trabajadores.

La expresión más brillante de este nuevo concepto se produjo en 1911, cuatro años antes de la muerte de Taylor, cuando el fabricante de automóviles Henry Ford inventó la cadena de montaje para la producción del modelo T, con el objetivo declarado –y conseguido al poco tiempo- de que el automóvil pudiera ser adquirido por los mismos obreros que lo fabricaban. Hasta ese momento, el automóvil era un artículo de super lujo, sólo al alcance de los más pudientes.

Por aquel entonces, hace ahora un siglo, la globalización se había extendido ya de forma considerable. Los intercambios comerciales eran, en algunos casos y en términos relativos, superiores a los actuales. No había restricciones a los movimientos de capitales. El ferrocarril transiberiano se financiaba en la Bolsa de París. El telégrafo permitía comprar desde España acciones de la Bolsa de Nueva York. No era preciso un pasaporte para desplazarse de un país a otro. Al cruzar la frontera, un caballero se limitaba a dejar su tarjeta de visita como muestra de cortesía. Los trabajadores podían buscar mejores condiciones de vida donde lo desearan. La policía de las fronteras se ocupaba, básicamente, de cerrar el paso a los delincuentes.

Ese mundo globalizado se vio interrumpido por la catástrofe de la I Guerra Mundial primero, y más tarde por la presión de los totalitarismos. Cuando estos últimos se vinieron abajo hace poco más de quince años, con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, el mundo recuperó lo que era ya una realidad un siglo antes. Hay pocos factores nuevos, más bien lo que ha ocurrido durante estos últimos años ha sido una recuperación del tiempo perdido.

Sin embargo, en la parte del mundo que había mantenido la libertad de iniciativa como elemento clave de su organización social, ya se había subido un nuevo escalón. La hegemonía norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial había extendido en Europa, Japón y algún otro país, los principios del “taylorismo”, lo que significó, como bien sabemos por la experiencia española a partir del Plan de Estabilización de 1959, un significativo aumento de la renta de las personas.

Por esa misma época comenzó la que ha sido llamada la Revolución de la Gestión. Su origen es bien conocido. Durante la Segunda Guerra Mundial y como parte de un programa destinado a mejorar la capacidad de la economía norteamericana para asumir el esfuerzo bélico necesario, el Gobierno de Washington envió a una de las más importantes empresas, la General Motors, a un economista de origen austriaco, Peter Drucker, con el fin de estudiar la organización y los procedimientos de la compañía, tras lo cual debía proponer mejoras o sugerir la adopción de tales procedimientos por otras empresas.

El resultado del trabajo de Drucker fue un libro –titulado en español “La Gerencia”-, embrión de lo que serían poco tiempo después las Escuelas de Negocios, que a partir de los años 60 se extendieron de forma masiva por todo el mundo. La excelencia en la dirección de las empresas es, desde entonces, la meta de cualquier gran compañía que se precie. Las empresas, hoy, son incomparablemente más eficientes que esas mismas compañías medio siglo antes. Las buenas prácticas se han extendido incluso a las empresas públicas y desde hace tiempo han sido incorporadas a la legislación.

En los años Noventa –en términos históricos es como decir antesdeayer- el final de la Guerra Fría coincidió con la aparición de Internet y la extensión de la telefonía móvil, lo que dio como resultado la supresión de trabas y el estímulo a la comunicación entre las personas. En ese marco, lo más destacado del momento actual es la incorporación a las economías basadas en la libre iniciativa –o en el libre mercado, como también suele decirse- de tres de las mayores sociedades del planeta: China, India y Rusia.

Cada uno de esos tres procesos tiene sus propias características, aunque también un elemento común: la reacción al fracaso de prolongadas experiencias de economías estatalizadas, o por utilizar una expresión más correcta, de sistemas no económicos, puesto que como ya demostró Mises en los años Treinta del siglo pasado, la llamada economía socialista no podía en rigor ser considerada como economía, al no disponer de un sistema coherente de fijación de precios.

China, India y Rusia suman algo más de 2.500 millones de personas: casi la mitad de la población del planeta. No todos sus habitantes se han incorporado aún a la Revolución de la Riqueza, pero como los sistemas de producción son más eficientes que hace un siglo o dos, están en condiciones de superar etapas a un ritmo muy superior al de países como Gran Bretaña, Francia, Alemania o Estados Unidos en los siglos XIX y XX. Este fenómeno ya se produjo en el caso de Japón en la segunda mitad del siglo XX, al ser capaz, sobre las ruinas de un país destruido por la guerra en 1945, de convertirse en apenas treinta años en la segunda potencia económica mundial.

China lleva más de veinte años creciendo a un ritmo medio del diez por ciento anual, fenómeno del que no existen precedentes en la historia económica mundial. La India lo hace a un siete por ciento y Rusia –que es bastante más que el conflicto de Chechenia- es un país en plena transformación. En muchos aspectos, el más fascinante de Europa en estos momentos.

En torno al cambio de siglo, por tanto, el mundo ha emprendido una transformación que afecta por vez primera a la mayor parte de los habitantes del planeta y que tiene por delante un gran desarrollo, si no lo impide ninguna catástrofe absurda. Lo que más llama la atención de cuantos seguimos la actualidad es que esa transformación, bien conocida y asumida en los ámbitos políticos, económicos y profesionales, apenas si ha calado en instancias más conformistas, que van desde gran parte de los medios de comunicación a organizaciones sindicales y determinados ámbitos intelectuales o artísticos.

El balance general es que el mundo actual vive un ciclo de crecimiento económico sin precedentes, que está produciendo grandes transformaciones sociales y que por esa misma razón genera nuevas oportunidades. Como es propio de la naturaleza humana, existen al mismo tiempo riesgos –algunos muy graves- y desequilibrios, pero no existe ninguna relación de hostilidad entre grandes potencias, las cuales han sido históricamente el origen de conflictos de alcance mundial.

Estoy seguro, por otra parte, de que las experiencias india y china tendrán influencia en países que aún no se han sumado a la Revolución de la Riqueza, tanto en Asía como en África o Iberoamérica. Al contrario de lo que ocurría hace apenas un cuarto de siglo, hoy el camino para construir una sociedad de mayor bienestar resulta transparente. No hay maldiciones, ni complots, ni situaciones irremediables. Lo que ha habido, y lo que por desgracia todavía hay, son gobiernos ineficaces, corrupción, minorías violentas y errores intelectuales.

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2.- LA UNIÓN EUROPEA

En ese contexto histórico, Melilla forma parte de la Unión Europea, lo que nos enlaza con otra de las características básicas de la época actual, como es el protagonismo de las organizaciones.

Una parte muy importante del desarrollo de la sociedad humana ha estado y está vinculada al desarrollo de organizaciones cada vez más numerosas, diversas y complejas, que en definitiva son expresión de la eficacia que tiene la cooperación para generar bienestar individual y social.

Las organizaciones han dirigido y condicionado la historia del hombre. Tanto las de tipo político como las de naturaleza religiosa, económica, militar, académica, laboral, intelectual, artística o de cualquier otro tipo. En el mundo actual la Unión Europea es la más compleja y eficaz organización política. Sus 500 millones de habitantes constituyen la tercera población del planeta, después de la India y China, pero es la primera potencia económica y comercial. También ocupa el primer lugar en numerosos parámetros de bienestar social, desde la salud a la renta, si bien no de manera uniforme a causa de la reciente incorporación de nuevos miembros.

En ningún otro lugar del planeta es posible recorrer más de dos docenas de países sin que le paren a uno en ninguna frontera, y con la misma moneda en la mitad de ellos. Países que durante siglos han padecido grandes enfrentamientos viven hoy en convivencia armoniosa. A nadie se le pasa por la cabeza que pueda haber un conflicto entre Alemania y Francia, cuando todavía viven quienes combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

Y lo mejor de todo es que no se trata de una mera norma de carácter político, sino de que es la realidad cotidiana de millones de europeos, a través de las relaciones personales, las económicas o las profesionales. Es una agradable sorpresa viajar a otros países de la Unión y comprobar la realidad de unas pautas comunes que se extienden incluso a los países vecinos. Los noruegos no son miembros, pero el próximo domingo votarán en nuestras elecciones municipales, al igual que los españoles en Noruega. Suiza ha suscrito el convenio Schengen de seguridad en las fronteras y en sus establecimientos comerciales admiten con naturalidad el pago en euros, como tuve ocasión de comprobar el verano pasado. “¿Podría pagar en euros?”, pregunté a la camarera del restaurante de la autopista. “Naturalmente, señor”, fue su respuesta.

La Unión Europea significa tener la puerta abierta, en todos los ámbitos, al mayor mercado del mundo, y también a una larga serie de oportunidades, que van desde del programa Erasmus para estudiantes universitarios a los Fondos de Cohesión. Como suele ocurrir las oportunidades son más necesarias para quienes se encuentran en una posición más precaria. La Unión Europea es importante para Alemania, Holanda o Luxemburgo, pero mucho más para los países de renta inferior. La transformación de España, desde su ingreso en 1986, ha sido uno de los mayores éxitos de la Unión. En el mismo sentido, esa relación es mucho más importante para una ciudad como Melilla que para una rica comunidad autónoma peninsular.

Hasta no hace mucho tiempo, Melilla era un pequeño espacio económico, que obligaba a pasar aduana en cuanto uno llegaba en el barco a Málaga o Almería. Hoy, en términos económicos, el espacio melillense se ha multiplicado por más de diez mil, lo que en la práctica significa que no hay límites.

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3.- ESPAÑA

La organización superior más inmediata a la que está vinculada Melilla no es otra que España. En los últimos treinta años se ha beneficiado, al igual que el resto del país, del establecimiento de libertades públicas, la estabilidad política, la prosperidad económica, las oportunidades educativas, la mejora del sistema sanitario, las políticas de igualdad social y, en definitiva, de la seguridad que en todos los órdenes representa la pertenencia a uno de los países más destacados del mundo, en los Índices de Desarrollo Humano que elaboran las Naciones Unidas.

Nuestra ciudad, como resulta notorio, es reclamada por Marruecos. El país vecino, lo sabemos bien, carece del menor título político, histórico o jurídico para semejante pretensión. Aunque el lenguaje de su gobierno hable de “recuperar” Ceuta y Melilla, en busca de un término que busca legitimación para la empresa, en realidad se trata de una evidente expansión, puesto que en el siglo XV no había en estas tierras el menor vestigio de un Estado marroquí. La cuestión, sin embargo, no puede ignorarse y por eso la traigo a colación.

Resulta importante, además, porque cualquier futuro de progreso para Melilla se encuentra vinculado a su condición de ciudad española. Una hipotética alternativa de soberanía marroquí significaría un retroceso de siglos. Melilla se parecería cada vez más a Nador, por poner un ejemplo bien cercano.

No se trata sólo de las diferencias de renta, que son de quince a uno: treinta mil dólares en el caso de España y dos mil dólares en el de Marruecos. Más importante aún sería la pérdida de libertades personales y ciudadanas, la salida de la Unión Europea, la corrupción y la sustitución de la administración actual por otra considerablemente más ineficaz, sin que tampoco pueda olvidarse el riesgo de radicalización y de inseguridad que tiene su origen en el fundamentalismo islámico, como bien conocen en particular nuestros vecinos argelinos.

La condición de ciudad española ha permitido a Melilla disponer, en los últimos años, de un status de autonomía que ha aumentado su capacidad política y que resulta crucial para el diseño de cualquier plan de futuro. Esa herramienta era imprescindible y hoy, por fortuna, dispone ya de varios años de rodaje.

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4.- … Y MELILLA

Todo lo expuesto hasta ahora nos permite, al fin, esbozar unos criterios sobre el futuro posible de Melilla. Lo primero que me gustaría decir es que ese futuro resulta viable, al contrario de lo que ocurrió durante mucho tiempo.

Quienes tenemos cierta edad sabemos que en los años cincuenta Melilla era una de las ciudades más dinámicas y prósperas de España. Cuando uno viajaba a la península encontraba, sobre todo, una impresión de pobreza que sólo se desvanecía en el centro de las grandes ciudades. Melilla, con su puerto franco y sus bajos impuestos, era un lugar mucho más acogedor que la mayoría de las ciudades españolas. Ese status, sin embargo, hizo crisis tras la independencia de Marruecos, en 1956, y la consiguiente desaparición del Protectorado.

Durante algún tiempo la crisis fue limitada, debido a la permanencia de una numerosa guarnición –cuatro regimientos de Infantería, tres de Artillería, uno de Caballería, una Agrupación de Ingenieros y los Servicios-, pero el retroceso, aunque lento, era constante. Apenas si había inversiones y la situación empeoró en los años 80, con la reducción de unidades militares. El comercio se deterioró, al igual que el aspecto general de la ciudad.

En los años 90 la situación cambió, con dos acontecimientos simbólicos: el régimen de autonomía y la celebración del V centenario, en 1997. La situación general experimentó una mejora, en buena medida a causa de la extensión de servicios públicos educativos y sanitarios, pero también gracias a las iniciativas de la ciudad autónoma.

Ahora, cuando empieza el siglo XXI, Melilla tiene su mejor oportunidad desde los años 60, debido a la confluencia de los factores que hemos analizado con anterioridad. Esa oportunidad se basa en las características de la llamada nueva economía, que no requiere las costosas y grandes instalaciones de antaño. Una entidad como el Banco Santander, ha vendido gran parte de su patrimonio inmobiliario en el centro de Madrid, para centrar la dirección en una llamada ciudad financiera situada a más de quince kilómetros, en Boadilla del Monte. Informáticos indios trabajan desde su país para miles de empresas norteamericanas. Un número creciente de personas no se desplaza a la sede de la empresa para trabajar, sino que pueden hacer lo mismo desde su casa.

Hoy, un número creciente de actividades económicas no requieren espacio ni presencia física, sino un buen sistema de comunicaciones. Melilla tenía y tiene el déficit de su lejanía respecto a los mercados, lo que supone un coste añadido al tráfico de mercancías que no compensa las ventajas fiscales de la ciudad.

La novedad es que han surgido actividades económicas que no requieren esos intercambios físicos. En esas actividades, Melilla resulta más competitiva que cualquier otra ciudad española, incluso que Ceuta, gracias al mejor sistema de comunicaciones que le proporciona el aeropuerto. Para muchas empresas Melilla es, en términos de rentabilidad, la mejor opción donde instalar su negocio. Los sueldos están por debajo de la media –compensados por la inferior tributación en el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas- y la clave reside en facilitar las infraestructuras necesarias.

Parte de estas infraestructuras ya existen. El aeropuerto es una pieza fundamental y su crecimiento en tráfico de pasajeros –más del 8 por ciento en los cuatro primeros meses del año actual- permite ser atendido por la ampliación que se ha llevado a cabo, tanto en lo que se refiere a la pista como a la terminal y las ayudas a la navegación. Han mejorado asimismo las comunicaciones marítimas y las instalaciones hoteleras. Los centros educativos, como éste en que nos encontramos, ya existen, aunque sin duda convendrá alguna ampliación. El gran esfuerzo necesario pasa por las telecomunicaciones.

Con dicho marco es también la hora de los emprendedores. El éxito de Melilla va a depender de la existencia de líderes capaces de organizar con éxito las oportunidades de negocio. No es preciso un gran capital. El hombre más rico de España, Amancio Ortega, empezó en los años 60 prácticamente de cero, y hoy posee la mayor cadena de tiendas de ropa del mundo. La sociedad que ahora se esta construyendo es la sociedad del conocimiento. El capital es secundario y disponer de él es relativamente sencillo. Existen técnicas de gestión que abaratan de forma considerable la puesta en marcha de una empresa. La clave es la excelencia del servicio.

Y no se limiten a España. Piensen en ámbito europeo, incluso en ámbito mundial, sin olvidar la excepcionalidad de ser una ciudad europea en el norte de África, es decir, un polo de oportunidades en un entorno subdesarrollado, donde existe una gran demanda de servicios de calidad.

No les estoy hablando de ninguna utopía, sino de una realidad posible. Hasta hace bien poco, la situación de Melilla era un lastre. Ahora, gracias a su régimen fiscal, es una ventaja. Según mis informaciones, las instituciones de la ciudad favorecen un progreso en tal sentido, pero serán personas y sociedades quienes lo hagan posible. El futuro, como pasa casi siempre, está en manos de la gente con inquietudes y ganas de trabajar. Eso significa, en gran medida, gente joven con la legítima ambición de prosperar y servir a la sociedad. Eso significa, en gran medida, que el futuro está en sus manos. Ustedes, jóvenes universitarios melillenses, tienen la oportunidad y la esperanza.

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